A San Fermín venimos

 

Un año más, Pamplona se prepara para celebrar una nueva edición de sus Sanfermines, que, por extensión, son nuestros Sanfermines. Una fiesta que descubriera para el Mundo Ernest Hemingway en su obra “Fiesta”, publicada en 1925, cuando, tras visitar la ciudad, el escritor estadounidense quedara enamorado de una fiesta, desconocida entonces para el resto del Planeta, y que, de su mano, habría de convertirse en la que, quizás, es la celebración más internacional de la llamada “Piel de Toro”.

Efectivamente, se puede decir que los Sanfermines son la fiesta española más conocida fuera de nuestras fronteras, identificándose a la perfección con los típicos y los tópicos más profundos de nuestra España: toros, música, fiesta, buen vino, buen comer y, sobre todo, noches infinitas y mañanas de resacas descomunales. Típicos y tópicos que enamoraron a Hemingway, vividor por excelencia (en el buen sentido de la palabra) que recorrió el mundo en busca de aventuras y experiencias, en busca del buen vivir, algo que encontró en Pamplona de la mano de sus Sanfermines, una fiesta que no hubiese pasado de ser una celebración local más en un país tercermundista como lo era la España decimonónica, terreno reservado sólo para bohemios enamorados de aventuras fuertes que alternaban sus estancias en el París de principios de siglo con escapadas a los lugares más inóspitos para la mentalidad de la época, entre los que, desde luego, se encontraba España.

Hemingway puso a Pamplona en el mapa y, tras su senda, llegaron al, por aquel entonces, “villorrio” intelectuales, actores y actrices, bohemios de todo pelo y personajes glamourosos que buscaban las emociones fuertes que les anunciara el escritor norteamericano, emociones de adrenalina que les sacaran de sus letargos bohemios y los elevaran a niveles de sublimación plástica, algo que sólo una fiesta en la que el toro y su mitológica fuerza como protagonistas podían conseguir, elementos que siguen atrayendo a la capital navarra a miles de turistas cada año como reclamos mágicos que, cada 6 de julio, elevan los niveles de adrenalina en un “Chupinazo” que, invariable, se repite a las 12 en punto para abrir la Caja de Pandora de lo imprevisible que se encierra en los corrales de la Cuesta de Santo Domingo y que se desparramará, durante una semana, de forma puntual, a las 8 de cada mañana, por las calles pamplonicas a través de un recorrido en el que la tensión, la emoción y el riesgo se adueñan de los “mozos” y de quienes contemplan el serpentear rojo y blanco de sus atuendos corriendo delante de una manada de poderosos morlacos cuyos derrotes pueden teñir de tragedia una fiesta que, periódicamente, se cobra su tributo de sangre y dolor, algo que, paradójicamente, la dota de un encanto salvaje que, año tras año, alimenta y acrecienta su primitivo atractivo.

Y es que los Sanfermines, aunque, su origen conocido se remonta a la Edad Media, responden a la perfección a ese gusto ibérico y, por lo demás, mediterráneo, por ese animal mitológico que es el toro, símbolo de fuerza y poder natural al que medirse en una ceremonia en la que la vida de uno de los contendientes es la ofrenda. Tal vez sea eso que se encierra en lo más profundo del Ser Humano, esa atracción por el riesgo y la fuerza de la naturaleza encarnados en el toro, el animal mitológico por excelencia en el que se resumen todos los anhelos humanos desde la noche de los tiempos, lo que atrae cada año a miles de turistas a visitar Pamplona durante los Sanfermines, una cita anual en la que lo poético y lo mitológico, y, por supuesto, lo prosaico se reúnen en una orgía de sensaciones en la que, muchas veces, el toro es simplemente una excusa para evadirse.

Efectivamente, si algo atrajo sobremanera a Hemingway e hizo que esta fiesta tuviera la proyección internacional de la que hoy goza, fue y es esa mezcla entre mitología y popularidad, una fiesta de hondas raíces culturales que se pierden en la noche de los tiempos de la Humanidad que sobrevive gracias a su carácter eminentemente popular, de pasiones desenfrenadas y descontroladas que durante una semana tienen rienda suelta por las calles de Pamplona, una semana en la que, para muchos que la visitan, las celebraciones taurinas son algo secundario, solapadas por las ganas de diversión desbocada que promete la ciudad durante los Sanfermines. Ríos de alcohol, de comida, noches sin fin y, sobre todo, fiesta, mucha fiesta, son los atractivos de una ciudad que se transforma en un romático caos durante San Fermín, toda una experiencia para los sentidos de los amantes de las fiestas más populares, fiestas que, en numerosos casos, han adoptado diversos aspectos de las celebraciones pamplonicas, con más o menos fortuna según los casos, menos que más en la mayoría, ya que poner unos toros y unas vaquillas por las calles en verano olvidando el espíritu de los Sanfermines resulta muchas veces patético si se ha estado en Pamplona alguna vez.

Un año más, el espíritu de Hemingway vuelve a las calles de Pamplona, al que muchos de sus visitantes pretenderán emular, recorriendo los lugares comunes de su obra, intentando con ello reproducir las sensaciones tan poderosas que hicieron que el escritor estadounidense se enamorara de esta fiesta única, tan llena de fuerza, de poder y de sentimiento popular que, seguro, tras el “Chupinazo”, volverá a enamorar a unos cuantos viajeros más que no podrán dejar de volver a una ciudad que, año tras año, crea y alimenta nuevos mitos alrededor de su icono más mágico que descubiera para el Mundo Ernest Hemingway: el toro.

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